“No se sabe exactamente cuál fue la historia que hizo que Elena se prendiera fuego en la cocina de la casa del novelista Raúl Miranda. Pero quien quiera se la imagina. No es difícil hacerlo porque los relatos de Raúl Miranda a menudo repetían una misma trama con diferentes personajes y situaciones, conforme a una escuela literaria muy en boga por aquellos tiempos. En cualquiera de sus cuentos pudo haber aparecido Elena Sotelo implorando al escritor que la desnudara en su propia casa, mientras su esposa dormía en la recámara o limpiaba el comedor. A la producción literaria de éste y otros autores se le llamaba “estética” o “poética del alcoholismo”. Era una temática que no hablaba tanto de la cultura del alcohol como de la conducta femenina. La siguientes modas sobre las mujeres en la literatura mexicana —romances contados por mujeres para hombres, hazañas feministas para hombres, aventuras contadas por hombres vestidos de mujer, junto con un sinfín de combinaciones posteriores— borraron casi todo rastro de las anteriores y eso vuelve aún más complicado un seguimiento de las decisiones que tomó Elena, cuyo cadáver convertido en cenizas en una cocina bien podría simbolizar la extinción de tal corriente narrativa. Sin embargo, en la década mexicana de los ochenta el de Miranda era un estilo cultivado con la mayor seriedad y respeto. No pocas veces se tomó el tema del beber como valor literario, y al consumo del alcohol por parte de un hombre, como una virtud a la que debía aspirar un artista con talento: el borracho —no cualquier briago sino el borracho leído, y no una borracha, sino un varón— era un inadaptado que bebía por haber entendido demasiado a través de sus incontables lecturas. Su comprensión del mundo era tan vasta que se tornaba insoportable, y sólo las copas podían atemperar la hiperactividad insufrible de sus neuronas; de su continuo saber, o algo parecido. Sus reflexiones eran interrumpidas por la aparición en la cantina o en el bar de una mujer que acosaba sexualmente al pensador, y que, en contraste con lo que sucedía en la realidad, no era una prostituta de oficio, sino una universitaria.  Como uno de sus principales exponentes, el escritor Raúl Miranda produjo una veintena de novelas en las que al principio, a la mitad o al final, un señor al que costaba trabajo no identificar con el propio Raúl Miranda bebía tanto como para perder el sentido, aunque sin derrumbarse antes de completar la acción, en la cual siempre intervenía una bellísima joven a la que apenas conocía y con la que había empezado a conversar, o a interactuar, en el proceso de beber hasta embriagarse, la cual encontraba irresistiblemente atractivo al narrador, de quien nunca se ofrecía una descripción física porque no había páginas que bastaran para describir los senos, el pubis, las nalgas, la cara,  las manos —por orden de aparición—, y sobre todo los berrinches o las súplicas de la mujer en turno, quien con frecuencia se revelaba como una atractiva prostituta disfrazada de intelectual.”

La lágrima, la gota y el artificio

Novela

 

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